La Carta nace de una rabia: reconocer la carencia como cuento cultural profundamente aprendido y, sin embargo, seguir atrapada en él. Vivir apretada por un mundo que parece exigirnos perseguir siempre aquello que nos falta —el amor, el reconocimiento, el éxito, la plenitud— sin ofrecer un lugar a la altura de la voracidad con la que la vida insiste en
desplegarse.

Una noche, esa rabia se escribe como una carta como quien lanza un grito. Un grito de lucha por no entregar la complejidad de la experiencia a un desenlace ya conocido. Allí donde los relatos suelen apresurarse a convertir una intensidad en una historia de amor, sufrimiento, fracaso o una lección aprendida, La Carta permanece en ella.

Esa carta se vuelve dispositivo escénico. En ella, una mujer deviene bestia: muerde, devora, se fragmenta en zarina, huérfana, víctima, artista; figuras que se disputan el control de una existencia atravesada por los guiones del poder, consumo y posesión. La obra explora un deseo desnudo, anterior a la lógica de la falta: una fuerza que no busca
completarse ni resolverse, sino atravesarlo todo.

A través de la voz, la danza, el sonido, la pintura y la luz, La Carta transita del monólogo al canto, de la palabra al grito, de la quietud al movimiento. Más que narrar una historia, construye un espacio para permanecer en aquello que se nos impone domesticar: la intensidad, la contradicción, el exceso, la imposibilidad. Un espacio donde la experiencia
pueda existir antes de ser convertida en explicación.

Duración: 50 minutos

Autoría, interpretación, diseño escénico, diseño sonoro y producción: Aliona Pankina

Diseño de iluminación: Marcela Dovalí

Presentaciones:
● Foro Escénico del Museo de la Ciudad de Querétaro (estreno)
● Jardín Escénico, Chapultepec
● Fonoteca Nacional
El dispositivo escénico

La obra está construida como un monólogo performático expandido a partir del texto de una carta y de una serie de escrituras posteriores que transitan entre confesión, delirio y ensayo poético. La primera parte emerge desde una escritura acelerada y visceral; la segunda se desplaza hacia una zona más reflexiva donde el pensamiento aparece como un eje de la experiencia.

La voz constituye el eje de la composición escénica. El lenguaje hablado se transforma progresivamente en canto, respiración, ruido, grito y vibración corporal, mientras el movimiento atraviesa estados de contención, impulso, saturación y suspensión. La iluminación y el diseño sonoro acompañan estas transformaciones construyendo un paisaje perceptivo que desplaza continuamente la experiencia del espectador entre la intimidad, el extrañamiento y la expansión.
Pintura, sonido y espacio

Las partituras gráficas de gran formato presentes en escena funcionan como registros materiales de las intensidades que atraviesan la obra. Pintura, voz, sonido, movimiento y luz dejan de operar como disciplinas independientes para convertirse en herramientas de una misma exploración.

El espacio escénico funciona como una membrana donde estos lenguajes se contaminan mutuamente. El sonido no acompaña la acción: constituye uno de sus materiales principales. Las texturas vocales, la composición sonora y la iluminación producen un entorno inmersivo donde la percepción del tiempo, del cuerpo y del lenguaje permanece en transformación constante.
¿Alguna vez han sentido el deseo desnudo, antes de ser atrapado por la carencia?

La necesidad de llenar el vacío con entretenimiento, relaciones, éxito o reconocimiento.
La insistencia de las identidades.
Los músculos tensados por mandatos invisibles.
La subjetividad como guión repetido hasta el agotamiento.

Una mujer que deviene bestia.
El lenguaje que se rompe.
Un pensamiento que intenta permanecer insistente incluso al borde de su propia descomposición.
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